El Manuscrito Voynich: ¿Reencuadernado por error en el siglo XV?
El Manuscrito Voynich es, para mí, uno de esos misterios que me hacen pensar en la cantidad de secretos que aún guardan los siglos. Y mira que en La Clandestina hemos visto cosas. Pero este códice del siglo XV, con sus 240 páginas de pergamino y sus 38.000 palabras en una escritura que nadie ha logrado descifrar, es harina de otro costal.
La verdad es que es un bicho raro, sin autor, sin título, sin fecha, y con unas ilustraciones de plantas que no existen, diagramas astronómicos y unas mujeres desnudas en estanques que uno no sabe muy bien qué pintan. Ha pasado por manos de alquimistas, magos y emperadores, y ahora se guarda en la Universidad de Yale desde 1969, como si fuera un tesoro (que lo es) y un quebradero de cabeza a partes iguales.
¿Un error de imprenta, pero de hace seiscientos años?
Pues ojo, que la última noticia sobre el Voynich, publicada hace apenas unas semanas, el 19 de octubre de 2026, en la revista *Digital Medievalist*, me ha dejado pensando. Y si el problema no fuera que no entendemos el mensaje, sino que el mensaje está desordenado. Colin Layfield, de la Universidad de Malta, y Lisa Fagin Davis, de la Medieval Academy of America (que ya identificó cinco escribas distintos en el manuscrito en 2020), han lanzado la hipótesis de que las páginas del Voynich podrían haber sido encuadernadas en un orden incorrecto en el siglo XV.
Su argumento es que las ilustraciones son la clave. Han encontrado dibujos que atraviesan el margen interior de un folio y continúan varias páginas más adelante. Esto, según ellos, sugiere que el códice fue concebido en unidades de cuatro páginas, lo que llaman «singuliones», y no como un libro tradicional. La persona que lo encuadernó, sin entender el contenido, simplemente lo montó mal. A mí me hace gracia pensar que llevamos generaciones intentando descifrar un texto que quizá nunca tuvo una secuencia de lectura coherente. Sería como intentar resolver un crucigrama al que le han cambiado las filas de sitio.
Para verificar esta idea, usaron un método de análisis semántico latente (LSA) que les permite buscar patrones en textos cortos sin necesidad de traducirlos. Si consiguieran reconstruir el orden original, sería un paso de gigante. O al menos, un paso en la dirección correcta, que ya es mucho pedir con este manuscrito.
Un misterio con un historial curioso
La historia del Voynich es casi tan enigmática como el propio texto. Lo encontró, para la historia moderna, el librero polaco-estadounidense Wilfrid M. Voynich en 1912, entre unos volúmenes que los jesuitas vendían discretamente en Italia. Pero sus primeras referencias conocidas nos llevan a 1639, con una carta del alquimista Georg Baresch.
Antes de eso, sabemos que el emperador Rodolfo II lo compró por la friolera de 600 ducados de oro en 1580 a dos ingleses con fama de excéntricos: John Dee, un mago, y Edward Kelley, un embaucador. En el primer folio, con luz ultravioleta, se puede leer el nombre de Jacobus Horcicky de Tepenec, un químico al servicio del emperador. Vamos, que la cosa tiene pedigrí.
Johannes Marcus Marci, médico y rector de la Universidad de Praga, lo envió al jesuita Athanasius Kircher en 1665, con la esperanza de que él pudiera descifrarlo. No hubo suerte. Y al final, el anticuario neoyorquino Hans Peter Kraus, que lo compró a la viuda de Voynich en 1931 y no pudo venderlo, lo regaló a Yale en 1969. Una historia rocambolesca, la verdad.
¿Un fraude? ¿Un idioma desconocido?
Las teorías sobre qué esconde el Voynich son de lo más variopinto. Desde que fue escrito por Leonardo da Vinci (por aquello de que quizá lo escribió un zurdo y algunos elementos del Renacimiento), hasta que es obra de los cátaros, la tribu perdida de Israel o incluso los aztecas. También hay quien ha sugerido que fue un engaño, creado con tablas y plantillas, o un timo de Dee y Kelley para sacarle los cuartos al emperador Rodolfo II. Incluso ha habido alguna teoría (que a mí me parece más ciencia ficción que otra cosa) de que fue escrito por extraterrestres.
Los análisis de carbono 14 lo han datado entre 1404 y 1438, lo que ya descarta algunas de las teorías más antiguas, como la de Roger Bacon. Y sobre el idioma, se ha dicho de todo: que es una lengua natural cifrada, un sistema inventado, un dialecto germánico, ucraniano sin vocales, políglota, hebreo o incluso protorromance. En 2014, Stephen Bax, un profesor de lingüística, afirmó haber descifrado diez palabras. Y en 2018, la Universidad de Alberta dijo que era hebreo, aunque muchos expertos lo dudan. Es un galimatías, vaya.
Mientras tanto, para los coleccionistas que quieran tener una pieza de este misterio, la empresa burgalesa Siloé tiene los derechos de reproducción exclusivos de Yale y lanzó en 2016 unos 898 facsímiles de alta calidad a un precio aproximado de 8.000 dólares estadounidenses cada uno. Una buena forma de acercarse al enigma sin tener que viajar a New Haven.
A mí me gusta pensar que, por más que se avance, el Voynich seguirá guardando parte de su misterio, algo que ni la IA puede descifrar (todavía). Es, sin duda, uno de esos objetos que nos recuerdan que el pasado tiene todavía muchas historias por contar, aunque a veces las cuente en un orden un poco peculiar.
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